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Cuatro orejas para el diestro madrileño en tarde de toros bondadosos y excesos presidenciales
F. MARTÍNEZ PEREA | 25 - 06 - 2011
Las combinaciones de toros y toreros están siempre sujetas a criterios muy dispares que el aficionado valora en función de sus particulares gustos. Por eso, para algunos, la terna de ayer no terminaba de encajar, con dos toreros de acusado corte artístico, Julio Aparicio y Cayetano, y un tercer espada, Manuel Díaz ‘El Cordobés’, que rinde culto cada tarde a la heterodoxia. Y no terminaba de encajar porque parece que en los tiempos que corren, a diferencia de otras épocas, los empachos, si se producen, tienen que ser de un mismo guiso. ¿Por qué? Es verdad que Aparicio tiene muy poco que ver con Manuel Díaz ni éste con Cayetano, pero cada uno, en los ruedos, esgrime sus armas y la mezcla de estilos no tiene que ir en detrimento del espectáculo. Que esas armas sean de pequeño o gran calibre o que la munición sea más o menos explosiva, es algo que siempre va a depender del impacto que el uso de ellas tenga en el público que es el que quita y da razones y el que, a la postre, sentencia lo que le gusta o le deja de gustar. Una sentencia que, dicho sea de paso, dejó claro, por el poco público en las gradas –apenas un tercio, algo insólito en un viernes de feria– que la mezcla interesó poco.
Pero entremos en materia. Del variado menú de ayer, el plato más celebrado fue el que condimentó, con ciertas sutilezas y un toque muy especial Cayetano, que salió de la Monumental de Frascuelo a hombros y con cuatro orejas, cuatro, en el esportón. Demasiados trofeos para una actuación que dejó ver cualidades incuestionables del menor de los Riveras, pero que careció de la rotundidad necesaria para semejante cosecha. Cayetano, ayer muy dispuesto y en su papel de torero de conceptos puros, se tropezó con un primer toro muy justo de fuerza pero de infinita nobleza, uno de esos astados que dejan estar, de suave embestida y con el celo justo para hacer que el toreo se pueda acomodar a los ritmos lentos, al relajo y se torne solemne y despacioso, algo que consiguió Cayetano en varias series muy templadas y medidas, pero no en toda su labor, que tuvo altibajos. Por eso sobró la segunda oreja, concedida tan generosamente con la otra segunda oreja del segundo toro del madrileño, otro ejemplar que pregonó pronto sus bondades, que tuvo fijeza y clase y que permitió a Cayetano sentirse con el capote en el recibo y en un quite a la verónica a pies juntos rematado con una preciosa media. A favor de obra el torero y colaborador el toro en la medida que Cayetano fue capaz de estar en la distancia justa, que no fue siempre. Por eso bajó la intensidad del trasteo, que cobró nuevos vuelos al final, cuando astado y torero volvieron a entenderse. Surgió entonces el mejor Cayetano, plástico y cadencioso. Los redondos invertidos, los cambios de mano y los estatuarios finales terminaron por meter al público en la faena, muy bien rematada con la espada. Se pidió con fuerza la oreja, se reclamó otra con más ruido que pañuelos y la presidencia, generosísima ayer, concedió el doble trofeo. Premio excesivo, sí. La primera oreja es del público y hay que concederla si se pide mayoritariamente, pero para la segunda debería prevalecer un criterio más exigente.
Por la Puerta Grande, con dos orejas, una de cada toro, salió también Manuel Díaz ‘El Cordobés’, que es un torero que sabe muy bien lo que espera el público de él, que se esfuerza por complacer a sus seguidores y que, además, domina la puesta en escena como pocos. Y como es consecuente con lo que representa y muy fiel a su estilo, no se dio coba con ninguno de sus toros, a los que hizo faenas que tuvieron un poco de todo. Manuel Díaz tiró de repertorio y puso al servicio de la causa, la suya, carisma y simpatía. Con su primer toro ‘El Cordobés’ fue efectivo y efectista, capaz de alternar el toreo más ortodoxo –manejó muy bien la mano izquierda– con el que le ha llevado hasta donde está. El salto de la rana y algún que otro alarde le ayudaron a cortar la primera oreja, a la que sumaría otra del quinto, un toro que no terminó de romper, pero al que entendió bien ‘El Cordobés’, que optó por el arrimón y terminó por convencer al público. Torero listo y con recursos. Y honesto con él mismo y con su público.
Julio Aparicio necesita un toro especial para sacar de las entrañas de su personalísimo toreo la necesaria inspiración y ese toro no suele darse con frecuencia. Los que le valen a la mayoría no le sirven a él, de ahí que sus grandes tardes –y alguna ha firmado en Granada– se produzcan a cuentagotas y de forma muy espaciada en el tiempo. Los dos que le tocaron en suerte ayer no se vieron del todo porque el diestro sevillano, penoso en el aspecto físico y con escasos recursos técnicos, no estaba para grandes empresas. Al que abrió plaza lo despachó de mala manera tras un querer y no poder que ni siquiera alcanzó rango de trasteo. Con el cuarto, Aparicio hizo un notable esfuerzo. Algunos muletazos tuvieron el relajo y el aroma de pasados esplendores y hubo un par de series, cortitas pero intensas, en las que llegó a sentirse. El éxtasis duró poco, pero Aparicio pudo al menos reconciliarse con el público y es posible que hasta con él mismo. Como mató de estocada certera, aunque defectuosa, paseó una oreja.
Bueno el encierro de Zalduendo, que hubiera sido mucho mejor si algunos de los toros hubieran caído en otras manos. Tuvieron todos un buen fondo de nobleza, algunos mucha clase y la mayoría fijeza.
Añadir también que a partir de la una de la tarde de hoy y hasta las once horas de mañana van a estar expuestos al público en los corrales de la plaza los ejemplares de Victorino Martín que van a ser lidiados en la última de feria.