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El sábado pasó con esa mezcla típica de final de toda película: la alegría por lo vivido y pena por lo que está a punto de acabar. Pero muchos quisieron disfrutar de los títulos de crédito
JOSÉ ENRIQUE CABRERA | 14 - 06 - 2009
En más de un cuarto de siglo he presenciado numerosos Corpus granadinos. Pues sepan que en ninguno de ellos había escuchado la frase. De verdad, en ninguno. Y resulta que es tan tradicional como lo de «Dale limosna mujer...» Por lo que se ve, en una noche de fiesta y jolgorio, los Reyes Católicos nos dejaron un recadito corpusino: «¡Granadinos, disfrutad como locos!». No hay mejor día que hoy para hablar de la locura vivida.
Después de una semana de brindis al cielo y estómagos reblandecidos al sol, es el momento de hacer balance. Es el momento de la resaca. Estoy convencido de que las grandes obras filosóficas de la Humanidad se escribieron en mañanas de resaca. Ya saben: mañanas de comentar la jugada, de ver los que llegan tarde o los que aún no se han ido. Una jornada de reflexión, de rememorar y conmemorar. El único dolor de cabeza del que podemos presumir con otro rebujito en la mano: así es la feria.
El sábado empezó con una mínima alegría en el termómetro. «Dos grados menos, son dos grados menos... ¡Más tiempo se queda el líquido en el cuerpo!», bromeaban en ‘El Estribo’. La sensación al cruzar el dintel de Almanjáyar es la misma que un domingo tomando churros en el Café Fútbol. El ambiente es una mezcla exacta entre la pena de la despedida y el gusanillo que aún queda en el estómago: «Y lo bien que lo hemos pasado, eso no nos lo quita nadie», gritan desde un caballo unos feriantes.
El lleno hasta la bandera deja paso a las mesas familiares y el ambiente hogareño. Las casetas lucen aún sus mejores galas y son precisamente ellos, los caseteros de pura raza, los que rebañan las últimas horas de Corpus. Las cocinas siguen funcionando, pero a medio gas.
No hay colas infinitas ni gente esperando una mesa. Los niños corretean de arriba a abajo y, por un momento, el número de caballos supera al de personas en la calle principal.
La sensación de despedida es inevitable para todos. O casi. ‘La Montera’ es una de esas casetas que mantenía el subidón a las cuatro de la tarde como si acabaran de terminar el ‘encendío’ del portón. Bendecidos por el aire acondicionado, el marisco bailaba de ronda en ronda: «Para chuparse los dedos», aclaran. En ‘El Farol’, por cierto, me dicen que aún siguen con el puntillo de la leche de pantera del jueves: «Un néctar maravilloso», comenta entre risas Alfonso.
Melancolía
Así, como el que no quiere la cosa, otro Corpus se va. Junto a la fuente central miro en las cuatro direcciones y, pese a que sigue la fiesta, se palpa la melancolía. Hay menos flecos bailando y más escobas pensando en recoger. Con los pasos rumbo a la puerta principal me cruzo con Gabriela, una de las niñas más guapas de toda la feria Tiene cinco años, pero lleva el traje de sevillanas con mucho estilo. Está comiendo algo con su madre, que también va vestida para la ocasión. Les pregunto si llevan toda la semana de feria: «Ella no tiene conciencia del tiempo, por ella estaría en la feria todos días», responde la madre, y sigue: «Pero no le digas más que se pone triste si mañana no la visto...». Gabriela, vendrán más.
En el lado opuesto de Gabriela están Francisco y Rosa, dos jubilados granadinos que acaban de bajarse del autobús que los recogió en Puerta Real. Están sudando. Mucho. Y acaban de llegar. Él, mientras se abanica con las manos, le pregunta a su señora con no poca ironía: «Recuérdamelo, ¿por qué hacía años que no veníamos al ferial?». El bus llegaba encharcado en el sudor de cincuenta personas que tuvieron que soportar un trayecto sin aire acondicionado. Por lo menos las tarifas no han subido últimamente... ¿O sí?
Sean ustedes Gabrielas o Franciscos, quédense con lo bonito. Hagan memoria de los buenos momentos y busquen una excusa para volver el año que viene. Y para el dolor de cabeza una aspirina y una buena siesta dominguera. Que viva la resaca de los locos.