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El poder de la sugestión y el otro toreo

'Morante de la Puebla, 'El Fandi' y José María Manzanares, por la Puerta Grande

F. MARTÍNEZ PEREA | 24 - 06 - 2011

  José Antonio ‘Morante de la Puebla’, que es un torero tan genial como imprevisible, se ajustó al guión. También lo hizo David Fandila ‘El Fandi’, que es mucho más previsible y rara vez defrauda. José María Manzanares, en cambio, no fue el que todos esperaban. Porque el alicantino, en estado de gracia, idolatrado y hasta glorificado, sólo pudo reivindicarse con el estoque. Su lote, el más deslucido, apenas le dejó apuntar ese toreo de clase que suele prodigar. Pese a todo, en el epílogo de la tarde-noche, la escena fue de triunfo, con los tres espadas por la Puerta Grande y el bendito público de Granada, que es generoso y muy receptivo, aplaudiendo a rabiar como si hubiera participado de un espectáculo extraordinario.
La tarde, en frío análisis, no tuvo el calado artístico que se esperaba. Y no lo tuvo porque los astados de Gavira no se parecieron en nada a los lidiados el pasado año. Casi todos derrocharon nobleza, pero los seis carecieron de raza. Muy flojo, en conjunto, el encierro lidiado ayer, del que se esperaba mucho más.
Decíamos que ‘Morante’ se ajustó al guión. Puede ser el cero y el infinito y eso lo saben bien sus seguidores, que suelen convertir el toreo en un acto de fe. A veces ven aquello en lo que creen y otras creen en lo que no ven, para mayor gloria de su ídolo. El de ayer fue un ‘Morante’ en estado puro. Con el que abrió plaza, que tenía poca chicha por parado y desrazado, cubrió el expediente con aseo y casi sin despeinarse. Sin transmisión el toro y sin vibración el torero. El resultado, nada de nada. Con el cuarto, que provocó de salida las iras del público por su manifiesta mansedumbre, el sevillano apeló al genio que lleva dentro. Primero se inhibió, después hizo ademán de tirar por la calle de en medio y justo cuando se dirigía a las tablas para cambiar el estoque simulado por el de matar, supo cambiar los ecos sonoros de la bronca por entusiástico y fervoroso clamor. Unos cuantos muletazos marca de la casa obraron el milagro. Después, ya con el toro fijo en su muleta, series cortas con la derecha, adornos, torería, inspiración y soberana plástica. Cambió el torero y cambió la condición del toro. Uno, el torero, casi en trance y otro, el toro, mucho más entregado y noble. Conjunción magnífica para un éxito refrendado con una fenomenal estocada. Dos orejas y el delirio. La sugestión, que no es gratuita, obra milagros.
Los otros milagros
El milagro de David Fandila ‘El Fandi’ tiene otros ‘santos’. Lo suyo no es apelar a la sugestión, sino cincelar el triunfo a golpe de entrega y raza. El logrado ayer, además, fue tan legítimo como su toreo. Si, como se dice, figura es aquel al que más toros le sirven, en David semejante consideración está más que justificada. Lo conseguido con su primer oponente, tan parado como noble, fue ciertamente prodigioso. Primoroso el recibo capotero, imponente el tercio de banderillas y faena maciza, de largo metraje, intensa. Inteligente el granadino, sobrado y hasta inspirado. Tenía la oreja ganada a ley, pero falló esta vez con la espada. Una pena.
La muerte del quinto toro se la brindó David a Jesús Fernández ‘Yiyo’, convaleciente de la cornada sufrida el pasado domingo en la Monumental de Frascuelo. Bonito el gesto y mejor aún la demostración de poder del ídolo local, que volvió a rizar el rizo con las banderillas, con un tercer par por los adentros impresionante. Tenía el toro cierto genio y marcada tendencia a irse a las tablas. ‘El Fandi’ le bajó los humos, se fajó con él y terminó toreando de forma extraordinaria, sobre todo con la mano izquierda. Toreo de trazo largo, profundo. Toreo de enorme inteligencia también. ‘El Fandi’ en su otra dimensión, la que algunos coprichosa e injustamente le niegan porque en la sugestión que hace único este arte también juegan un papel importante los clichés. Allá ellos. Lo importante es lo que queda y lo que llega al público, que supo reconocer al granadino todos sus méritos. Dos orejas premiaron esa faena y la fenomenal estocada con la que puso la rúbrica.
La espada de Manzanares
José María Manzanares no sólo está en estado de gracia, sino que goza del favor del público. Su arte, incuestionable, su valor, su particular concepto del toreo y sus rotundos triunfos lo ha elevado a los altares. Y la devoción es máxima. Basta un gesto suyo, un simple esbozo, un conato de faena para impregnar de pasión los tendidos. Se celebra todo, pausas incluidas. Se magnifica todo. Se disfruta todo. Va camino de ser, si no lo es ya, un torero de culto. Da el perfil y, lo que es más importante, da argumentos. Pero Manzanares, ayer, no fue el Manzanares que todos esperábamos, ni el que él, seguro, quería mostrar al público que casi llenó los tendidos de la Monumental de Frascuelo. No tuvo lote propicio para ello. Sus dos toros fueron flojos, sin celo, parados, deslucidos. Quiso torear despacio y quiso ligar. Quiso hacer monumento del temple, pero ninguno de sus dos toros dejó que semejante suceso llenara la tarde de esencias.
Manzanares no pudo redondear faena ni ante el tercero ni con el que cerró plaza. Quiso pero no pudo, aunque terminó por encontrar la fórmula para subirse al carro del triunfo. Su primera estocada fue imponente. La segunda, recibiendo, soberana. Ambas llenaron los tendidos de pañuelos. Y ambas tuvieron premio. No vimos al Manzanares artista, pero sí al Manzanares matador de toros. En otros tiempos se concedían orejas por las estocadas y nadie las cuestionaba. Si el alicantino consigue que la suerte suprema vuelva a tener premio y se premie a todos por igual será otro logro suyo.

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