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Las nuevas generaciones de caballistas, cada vez más concienciados con las normas, afianzan la presencia de estos équidos en el ferial
MARÍA VICTORIA COBO | 13 - 06 - 2009
ANTES no distinguía una mula de un caballo y ahora pregúntame lo que quieras que soy un diccionario». Antonio García presumía ayer junto a una caseta del Corpus de ser el caballista más viejo que había en la feria. «Bueno, alguno más viejo habrá por ahí, pero no que haya empezado más tarde que yo a montar». Antonio tiene 65 años y pudo cumplir su sueño de pasear a caballo hace sólo cuatro. Pero sus palabras destilan la misma pasión por ese mundo que las de Curro, que a sus 10 años tiene claro que seguirá siendo caballista toda su vida.
Antonio, Lucía, Mª José, Manuel, Curro o Néstor son algunos de los que ayer pasearon con sus caballos por el ferial, una tradición que en el Corpus granadino ha superado algunas polémicas.
Fue en la edición del año pasado cuando un caballo desbocado provocó un accidente en el que acabaron heridas cuatro personas, dos graves. Se encendió un debate que duró lo mismo que tardaron en apagarse las luces de la portada del ferial. Este año, al menos de momento, los caballos están dando lustre y vistosidad al recinto de Almanjáyar, como había sido habitual.
Con papeles
Manuel Gutiérrez, que subió ayer acompañado de su hija Mª José, explica que para llegar con los caballos al ferial tienen que portar varios documentos, algo que no todo el mundo sabe. «El caballo tiene que llevar sus papeles y su seguro en regla, y tiene que seguir unos recorridos y pasear en un sentido», apunta el hombre, que lleva toda su vida montando. Él y su hija participaban ayer en el concurso organizado por el Ayuntamiento. Ambos vestidos de corto, y subidos a lomos de Campanero y Evento –dos ejemplares de raza española–, explicaban lo sacrificado de esta afición. «Cada día, cuando uno acaba de trabajar, hay que encargarse de darles de comer, cepillarlos y limpiarlos». A esto, Mª José que tiene 15 años, le suma las clases de equitación que da en Monachil, donde vive la familia. «Esto es algo para toda la vida, nunca se cansa uno», dice Mª José, que es una de las integrantes de esa nueva generación de caballistas que llena el ferial.
Como Lucía Rivas –así, se llama como nuestra fotógrafa– o Néstor Alaminos, de 17 y 15 años. Ella ha subido al ferial este año por primera vez con traje de gitana, lo que no le permite montar sola. La joven lleva toda la vida subida a lomos de un caballo porque en casa, en Las Gabias, tienen 85 ejemplares. Néstor sin embargo se aficionó hace cuatro, animado por su hermana, que empezó a montar. «Me gustó mucho cuando lo probé, llama la atención ver que un animal tan grande puede ser dócil si sabes cómo, es una sensación y una relación muy bonitas». Lo dice sonriente, vestido de corto, soportando con la chaquetilla y el sombrero los más de 35 grados del mediodía en el ferial. El chico ha aprendido pronto lo que es ganarse la confianza del caballo. «La gente cree que el jinete siempre manda, pero esa confianza hay que ganársela».
Hablar, silbar
Algunas claves de esa relación las aprendió siendo bebé Carlos, de 13 años, que ayer subió al ferial a lomos de Postinero, un precioso ejemplar de 9 años. «Hay que estar pendiente del caballo, de que esté tranquilo; y si se pone nervioso por algo hay que hablarle para calmarlo o silbarle un poquito», dice el chico, vestido también para la ocasión con su traje de corto. Su caballo se está perfectamente quieto mientras le preguntamos al jinete, «está muy tranquilo», dice el joven, que conoce perfectamente el comportamiento del animal.
En esa terna joven está también Curro, que a sus 10 años habla con una madurez que no se corresponde con su edad. «Desde los 3 años monto y nunca me ha dado miedo; y eso que me ofrecieron un poni y dije que no, que a mi me gustaban los caballos». Pero la pasión de Curro no se queda ahí, ya ha empezado a dar sus primeros muletazos en la escuela de toreo de Chicote. «Ya he estado delante de dos vaquillas», dice el niño, mientras su padre añade que habrá que ver qué pasa «cuando se ponga delante del de los ojos negros». Curro subió ayer sin caballo, pero hoy paseará por el ferial a lomos de Navarino, un alazán de 15 años, purasangre inglés.
Carlos, Néstor o Lucía, que son muy jóvenes, no tienen ninguna duda en defender la presencia de los caballos en el ferial. «Es una tradición que no se puede perder», dicen los chicos.
Antonio García piensa lo mismo, pero lo expresa con más vehemencia: «Una feria sin caballos es como un pastel sin azúcar». Y eso que llegó tarde a este mundo del caballo, tras 52 años trabajando en una fábrica de harina de Santa Fe. «El ferial no sería lo mismo sin los caballos, pero también hay que ser estrictos con la documentación o la indumentaria». El propio Antonio reconoce que la mayoría de los caballistas cumplen a rajatabla todas las indicaciones para los jinetes, «aunque también he visto alguno ‘que se ha perdido’ por aquí en vaqueros; eso es lo que no se puede permitir, porque ensucian la imagen de los demás». Y del debate que también ha surgido alguna vez sobre los jinetes con copas de más, zanja el tema aclarando un asunto: «a lomos de un caballo no puedes ir ebrio, porque hasta el animal más dócil puede asustarse y pegar una ‘espantá’ en cualquier momento».
En ferias como la de este año, y aunque los hay que no llevan muy bien las deposiciones de los animales en la vía pública, hay pocas dudas sobre la presencia de caballos y caballistas en el ferial. Y la renovación generacional está más que asegurada.
Así que quedan caballos para rato...